La dulzura no está reñida con la asertividad

Un corazón noble puede usar cualquier arma con sensatez.

Se puede ser bondadoso, dulce y amoroso y sin embargo tener muy claros los límites y saber hacerlos respetar, empezando por uno mismo.

En la práctica del Taichi, a veces, sobre todo los más noveles, cuesta trabajo identificar debajo de esa lentitud y suavidad de movimientos, la verdadera esencia marcial de este arte. Porque sí, es un arte, marcial, pero arte.

Cuando hablamos de arte marcial tendemos a centrarnos en la parte marcial y olvidarnos del arte, de poner el alma en lo que hacemos. Pero también es habitual que ocurra al contrario. Si nos centramos en la finalidad de relajación, de prevención del estrés o el enfoque meditativo, es lógico perder de vista el sustrato que yace en el fondo.

Esa cocinilla de la Medicina china que fluye a nivel energético e interno tiene unos poderosos efectos sobre la autoestima, la asertividad, la gestión de los límites y la fuerza de voluntad. Características más cercanas a lo que sería un guerrero en el sentido más pacífico y más consciente, donde la verdadera finalidad de la práctica es proveerte de herramientas que te ayuden a gestionar las situaciones cotidianas. A ese nivel, donde el contrincante es tu propio inconsciente, tus sombras y tus miedos.

La capacidad de poner límites, de decir que no, o de anteponer el propio equilibrio emocional a los chantajes externos, es algo que se practica subliminalmente mientras nos movemos y educamos a nuestra energía a comportarse de una determinada manera. Esa misma actitud, luego en el día a día se mantiene, y lo que parecía una mera “gimnasia” tiene efectos muy distintos y fortalecedores. (Todos recordamos al chaval que aprendió karate pintando vallas y encerando coches ☺️)

Una de las descripciones poéticas que se ha hecho del Taichi lo hacía diciendo que el Taichi era “como un puño de hierro en un guante de seda”.

Tómate tú tu tiempo

Cuantas veces oímos y decimos que no tengo tiempo para hacer esta o aquella cosa… y todos sabemos que tiempo siempre hay para todo, solo falta la voluntad y la decisión de en qué decidimos emplearlo.

Con nuestra propia salud y nuestro descanso mental y emocional pasa lo mismo. Nunca parece que vamos a encontrar el momento adecuado para cuidarnos o dedicarnos ese espacio o esa práctica que sabemos que necesitamos como el comer.

Entonces, ¿quién nos lo impide? … Sorpresa!! Tú mismo! Es más fácil responsabilizar a lo externo de todo lo que nos pasa que aceptar que no hemos tenido el coraje de asumir nuestra propia responsabilidad. Cuando te das cuenta de esto, cuando aceptas que solo tú eres responsable de ello, surgen dos emociones contrarias. La primera es: -¡Vaya, no le puedo echar la culpa a nadie!! La segunda es: -Si soy responsable de esto, entonces está en mi mano cambiarlo. Solo hay que ponerse.

No es la primera vez que teniendo la agenda tan apretada, venimos a quitar justo lo único que hacíamos por compensar tanto estrés y saturación. ¡Vaya! hemos vuelto a caer en la trampa del inconsciente, que nos prefiere agobiados y sometidos, ciegos a los trapicheos de las mochilas emocionales y el famoso cuerpo-dolor, antes que despiertos y lúcidos para poner los focos bien potentes antes esa sombra que prefiere seguir oculta para hacer de las suyas a sus anchas.

¿Quieres crecer? ¿Quieres conocerte mejor y buscar la paz interior? Pues ponte en camino. El tiempo para ti nadie te lo va a dar, ¡cógelo tú!

Buscando nuestro Oriente

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Cuentan que un erudito fue invitado a dar una conferencia ante un nutrido auditorio. Al llegar el sabio preguntó si sabían de qué iba a hablarles. Los asistentes respondieron que no y el erudito en tono seco dijo: -si no sabéis para qué estoy aquí, me marcho. Y se fue sin más. Al año siguiente volvió de nuevo ante el mismo auditorio y volvió a preguntar: -¿Sabéis de qué os voy a hablar?. El público contestó al unísono que sí. Entonces el erudito replicó: -Si ya lo sabéis, me voy.

Por tercera vez regresó al año siguiente el erudito al auditorio. Los asistentes habían acordado responder al sabio unos que sí y otros que no. Y así lo hicieron. El erudito replicó: -Pues los que lo sepan que se lo cuenten a los que no lo saben… Y se volvió a marchar.

Pues algo parecido experimentamos la semana pasada ante la poco habitual y pausada explicación que compartimos con el jesuíta Juan Masiá. Probablemente todos esperábamos grandes reflexiones y conceptos que iluminaran… mejor dicho, satisfacieran nuestra mente y nuestro ego. Pero en el más puro estilo zen, y casi como atrapados en un koan sin salida, Juan nos brindó una pequeña y humilde reflexión: Todos buscamos nuestro Oriente, pero realmente no es diferente aquí y allí (parafraseando a Javier Krahe, en las antípodas todos es idéntico a lo autóctono).

Los que andamos en la búsqueda, posiblemente cansados o insatisfechos por las normas, rigideces y artificios de una tradición demasiado prolija en formas y estructuras arcáicas, nos vemos atrapados o iluminados por la sencillez con la que estas tradiciones orientales nos hacen llegar verdades universales y auténticas. Y es esa autenticidad del momento y el entorno concreto -no siempre se dará- la que realmente nos llega. Encontrar algo auténtico y simple a nivel de espiritualidad es lo que nos hace apreciar como “mejores” estas otras tendencias de pensamiento orientales, cuando en la esencia de lo que trasmiten no difieren de las que tenemos en nuestra propia cultura.

Es cierto que a mí, personalmente, me ha ayudado a entender y sentir mejor la espiritualidad mi acercamiento a la filosofía oriental, y por otro lado encontrar y apreciar en lo que ya tenía esos mismos valores. Entiéndase que para eso hay que quitar mucha paja, o “podar” en palabras de Juan, y abstraerse de todo aquello que en lo externo difieren,  y dejar a un lado la contaminación del mensaje que con notorios intereses del “bussiness” se hace desde las más altas esferas sobre las primitivas enseñanzas.
En resumen podemos decir que lo auténtico es la experiencia que cada uno tiene de su propia espiritualidad y que no es, ni tiene que ser igual en ningún plano que lo miremos. El camino que cada uno elije y que a cada uno le ayuda a ello, es el bueno… para él. Y para apreciar esa experiencia real, una de las cosas imprescindibles es apartar lo más posible la mente analítica, los juicios y etiquetas, y dejar que sea una experiencia personal y holística la que nos conecte con el conocimiento desde la vivencia, no desde el pensamiento.

Por todo esto, si buscamos respuestas mentales, el maestro dice: “-Si no estáis escuchando el río que brinca a vuestros pies, estáis irremediablemente perdidos.”

Buena práctica.

Generando futuro

Contando con que todo lo que hacemos tiene sus consecuencias, y que el destino no es más que la reacción a una acción previa, si queremos que nuestro día a día cambie, si deseamos que nuestro futuro sea distinto, entonces… debemos cambiar y cuidar lo que hacemos, pensamos y decimos hoy.

“Si siempre haces lo que siempre has hecho, siempre tendrás lo que siempre has tenido”.

Buena Práctica.

Quedarse sin burladero

La única contraindicación que reporta la práctica del Taichi como Arte Marcial, como filosofía y nuevos hábitos, como camino de Vida, es que al tomar conciencia de nuestros propios actos y limitaciones, al sentir las carencias que intentamos tapar con nuestras máscaras, adicciones y actitudes incoherentes, al apreciar esa esencia que somos, nos quedamos desnudos frente a nuestra propia soledad.

Somos lo que somos, no lo que queremos ser. Y en ese autoengaño nos rodeamos de armaduras, de trincheras, burladeros y capotes con tal de no ver ni enfrentar al toro por los cuernos.

Cuando a través de la práctica vamos desmontando nuestras falsedades, sólo nos queda afrontar con dignidad y autenticidad una sola y gran verdad: Somos únicos, amorosos y perfectos.

Y para llegar a eso hay un solo camino. El camino de la práctica, la observación del observador, la esencia de nuestro ser Único unido a todos los demás.

Si estas en el camino… estás jodido. No hay vuelta atrás. Lamentablemente, sólo puedes ser tú mismo.

Ahora tú decides, ¿vas a seguir mirando a otro lado?